Que somos muchos los profesionales que creemos que el cambio se produce con amor dentro de los sistemas cercanos: nuestras empresas y familias.
- Mercedes Castelló

- hace 2 horas
- 2 Min. de lectura
Somos muchas las personas que creemos que el cambio real —el que transforma de verdad— se produce con amor. No con discursos grandilocuentes ni con revoluciones épicas, sino con algo mucho más silencioso: las pequeñas decisiones.

A veces me pregunto qué pasaría si cada decisión que tomo —las que me afectan a mí y las que influyen en otros— pasara por una especie de escáner interno. Un escáner sencillo, que pregunte: ¿Esta pequeña decisión es coherente con la idea de amor que tengo?
Los cambios, como los trayectos a recorrer, no suceden de golpe. Empiezan con pasos tímidos, conscientes y visualizando objetivos claros. Y entonces surge la pregunta incómoda (y deliciosa): ¿y si cada paso consciente, cada objetivo profesional, cada gesto cotidiano… se tiñera de rosa?
¿Soy una utópica? ¿O quizá esta sea una manera adulta, responsable y profundamente humana de estar en el mundo?.
Pienso en los pequeños detalles: preparar la sala para recibir a un cliente, hacer la cena, mirarme al espejo con cariño. Cada momento podría tener una fina película amorosamente rosa.
Y no, no siempre es fácil. Hay días en los que el enojo aparece, la critica interna cobra fuerza y el rosa se satura hacia el gris. Pero incluso ahí descubro algo importante: teñir las situaciones de rosa puede ser una decisión. Y, sorprendentemente, una decisión divertida, amorosamente divertida.
No significa que no haya enfado. No significa que no exista la desesperación. No significa que las noticias dejen de doler o que el sufrimiento del mundo se diluya.
Significa otra cosa.
Significa elegir alejarme de mi voz más cínica. Esa que todo lo sabe, todo lo juzga y nada perdona. Significa dibujarme una sonrisa cuando podría elegir el gesto duro. Significa valorar el ahora, con su auténtica imperfección. Y reconocer la fortuna inmensa de amar, de dar amor… y de ser amada.
Quizá no se trate de cambiar el mundo entero. Quizá se trate de cómo lo habitamos, paso a paso. Y si el rosa no es una negación de la realidad, sino una forma de mirarla con más humanidad, entonces no es ingenuidad.
Es una elección.





Comentarios