Una sorpresa tiene el poder de regalarnos presencia
- Mercedes Castelló

- 30 jun
- 2 min de lectura
Hoy llegué a la oficina y Marta me hizo un regalo precioso.
Es más, fueron tres regalos...

El primero fue la sorpresa.
Cuando llegamos en piloto automático, con el cerebro ocupado en la siguiente tarea, la siguiente reunión, vivimos más desde la predicción que desde la experiencia. Nuestro cerebro intenta ahorrar energía anticipando lo que va a ocurrir. Pero una sorpresa amable rompe ese patrón. Durante unos segundos, la mente deja de viajar entre el pasado y el futuro y aterriza por completo en el presente.
Eso fue exactamente lo que ocurrió.
Nada más llegar, Marta me dijo: "Cierra los ojos". Y, mientras yo obedecía con una mezcla de curiosidad e intriga, escuchaba su risa nerviosa. En ese instante dejó de ser Marta y apareció otra faceta suya: la abuela disfrutona que lleva dentro. La misma que sigue encontrando ilusión en preparar una sorpresa, en imaginar la reacción de quien la recibe y en regalar un poquito de sí misma. Confirmado es, la más rica del edificio.
Y, sentí esa pausa. Ese instante en el que todo desaparece y solo existe la emoción de lo inesperado. Y pensé que, curiosamente, un presente tiene el poder de regalarnos presencia.
El segundo regalo tiene que ver con los vínculos.
Las relaciones no se construyen únicamente en los grandes momentos. Se tejen en las conversaciones cotidianas, en preguntar "¿cómo estás?" con interés genuino, en acordarse de aquello que al otro le hace ilusión, en esos pequeños gestos, en esas bromas que que van creando confianza y afecto.
El regalo... Marta me bordó un Baby Yoda a punto de cruz.
No solo eligió un personaje que me encanta. Me regaló algo mucho más valioso: su tiempo.
Cada puntada requirió atención, paciencia y dedicación. Pensé que bordar se parece mucho a una práctica de mindfulness: una acción sencilla repetida con presencia, donde cada punto importa y donde el resultado es la consecuencia natural de cientos de pequeños actos conscientes. Saber que alguien dedicó tantas horas a pensar en ti convierte el objeto en algo profundamente simbólico.
Y el tercer regalo tiene que ver con lo que representa Baby Yoda para mí.
Más allá de su ternura, siempre me ha parecido un personaje lleno de significado. Posee un poder inmenso, pero no necesita exhibirlo. Actúa desde la calma. Observa antes de intervenir. Confía. Conserva la curiosidad, el juego y la capacidad de asombro de un niño, mientras permanece conectado con una sabiduría que parece mucho más antigua que él.
Porque nos recuerda una verdad que muchas tradiciones contemplativas y, cada vez más, la neurociencia parecen señalar en la misma dirección: cuando aquietamos el ruido, aparece una inteligencia distinta. Una que no nace de pensar más. Una inteligencia capaz de percibir, conectar, crear y responder con mayor claridad.
Ese pequeño Baby Yoda me recordará que la verdadera fuerza suele expresarse con serenidad. Que la imaginación, la visualización y la confianza también son formas de transformar la realidad. Y que cuidar a nuestro niño sabio no es un gesto de nostalgia, sino una manera de mantener viva nuestra capacidad de aprender, crear y maravillarnos.
Mil Gracias, Marta y mil gracias, una vez más a Baby Yoda.
Dedicado a los fans de baby Yoda de mi vida,,,




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